Una Nueva Experiencia

 

Lucía miraba nerviosa a Raúl, su novio. Iban en el coche camino a un chalet donde se solían hacer fiestas para parejas. Tragó saliva excitada, una mezcla entre agitación, miedo y emoción. Ella y Raúl llevaban nueve años juntos y mantenían una intimidad sexual muy buena, además de tener plena confianza el uno en el otro, se lo contaban todo, y de ahí que conocieran el uno del otro las fantasías y curiosidades más oscuras. Durante más de un año estuvieron hablando de tener sexo en grupo, de probar una experiencia bisexual, pero nunca se presentó la ocasión adecuada o las personas adecuadas. Raúl posó su mano sobre el muslo de ella y sonrió.

¿Muy nerviosa, Luci? —preguntó cariñosamente él.

Bastante, sí.

            Bueno, en cuanto les conozcas verás como se te va pasando, son muy buena gente.

Llegaron a la casa de campo bastante rápido. El lugar estaba apartado de la ciudad y no tenía vecinos en las inmediaciones. Por lo menos era discreto, pensó Lucia. Aparcaron el coche tras los muros exteriores del jardín, entraron en un salón de iluminación y aroma muy agradable. Se tomaron varias copas, hablaron un poco y ella intercambió miradas con alguna que otra chica de las que se encontraban allí también tomando algo. Habían un total de unas doce personas en aquella especie de pub. El alcohol comenzó a hacer efecto, sintiendo cómo sus músculos se relajaron y una sensación de liviandad general.

Nos están esperando en la habitación que hemos reservado —le susurró Raúl besándole el cuello sensualmente—. Me dijeron que nos tomáramos el tiempo que necesitáramos antes de ir, y que si no estábamos seguros fuésemos a decirles que nos íbamos. Te repito lo mismo que en casa, si tienes cualquier duda lo dejamos, es solo un juego.

Lucía le acarició la mejilla, lo besó lentamente, saboreando sus labios impregnados con el néctar amaderado y alcohólico que estaba tomando. Le miró directamente a los ojos, adentrándose en ellos hasta tocar su alma, hasta desnudarlo y sentir su deseo como propio.

Vamos, Raúl.

Raúl le cogió de la mano y con pícara sonrisa la llevó hasta la segunda planta del chalet. Allí estaban las habitaciones reservadas para las parejas. Llegaron a una puerta de madera oscura, él tocó dos veces y se escuchó desde dentro a alguien dándoles paso. Lucía no podía negar que la primera impresión le impactó; eran dos hombres, a torso descubierto y con la bragueta bajada, se encontraban en un amplio sofá cheslong, haciéndose mutuas felaciones. Respiró agitadamente, se sintió inquieta, incómoda, luchaba con una urgente necesidad de salir corriendo… pero en el fondo, por debajo de aquel torbellino de alarmas, brillaba tímidamente una brizna de morbo. Antes de conocer a Raúl, Lucía tuvo encuentros sexuales con chicas, en una ocasión incluso con dos, pero nunca antes se planteó tener sexo con tres hombres. Entre el alcohol y las dudas su cabeza daba vueltas, alterada, cuestionándose lo moralmente correcto de aquello, de lo mal que podía salir todo. Necesitó respirar profundamente para apartar, muy parcialmente, dichas cavilaciones.

Hola, perdonad, estábamos calentándonos un poquito mientras os decidíais —dijo uno de ellos al verles entrar. Devolvió su pene al interior de los pantalones, se acercó y saludó a Raúl estrechando la mano, luego dio dos besos a Lucía—. Soy Sergio, tú debes ser Lucía. Encantado. Por favor, sentaos —solicitó con dulce voz, haciendo un ademán hacia el sofá—, vamos a relajarnos un poquito, que veo que estáis algo tensos.

Lucía, recibió los dos besos con algo de reparo, a fin de cuentas, pese a lo agradable que era el chico poco antes de besarle la cara estaba literalmente amorrado al falo de su amigo y ella no estaba precisamente en situación como para aquello encontrarlo morboso o atractivo, los nervios la estaban matando. Lo miró de arriba a abajo. Sergio tendría de cuatro a cinco años más que ella, unos treinta y pocos, alto, moreno de ojos verde claro. Con cierto rubor lanzaba miradas furtivas a sus definidos abdominales y henchido pecho, el muchacho estaba fuerte y además olía muy bien. Cuando éste se dio la vuelta admiró la ancha espalda y su culo respingón. Lo acompañó hasta el sofá, se sentó al lado del otro hombre que parecía tener algo menos de la edad de Sergio.

Hola, guapísima —él se lanzó a darle dos besos con mucha energía—, tenía ganas ya de conocerte, yo soy Dani —se presentó y con total falta de pudor miró las tetas de ella, a primera vista parecían naturales y bastante grandes, cosa que le gustaba.

Lucía sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. A su izquierda estaba Sergio, a su derecha Dani. El rubio no poseía un cuerpo tan escultural como el de su compañero pero su figura era atlética y agradable.

Bueno, tu novia está hecha un flan, de eso no hay duda —dijo Dani sonriendo, mirando a Raúl que se acababa de sentar a su lado— ¿Tú cómo lo llevas, tío? ¿Hay ganas de empezar o qué?

            Yo también estoy algo nervioso, no te creas —sonrió Raúl observando a Lucía. La conocía bien y por sus gestos y cómo estaba sentada detectaba en ella bastante incomodidad—. Cariño, si quieres lo dejamos.

Lucía respiró profundamente por tercera vez, que Raúl le dijera aquello sólo hizo que empeorar su estado de ansiedad. Los tres la estaban mirando, no sabía qué hacer, qué decir, por momentos se estaba volviendo la situación más y más desagradable, se sentía presionada, los tres estaban expectantes, a la espera de que dijera que sí, que se quedaba. No le gustaba que la presionaran, aunque fuese indirectamente, un nudo en el estómago se tensaba cada vez con mayor fuerza.

Lucía, ey —Sergio posó delicadamente su mano sobre el hombro de ella—, no te preocupes por nada, actúa con normalidad, si quieres decir algo lo dices, si quieres marcharte puedes hacerlo. En cualquier momento, sin presiones. Piensa que estamos para ti, tú mandas, ¿ok?

Ella se apartó el mechón que tapaba el lado izquierdo de su cara, miró a Sergio. El muchacho era guapo y la barba de dos días le quedaba muy bien, su sonrisa le hizo sentir algo más arropada.

Te propongo una cosa, voy a quitarte la camisa mientras Dani baja la intensidad de la luz de la habitación hasta que sea muy tenue. Vamos a darte un masaje, ¿ok? ¿Te parece bien?

            No quiero desnudarme, no todavía —respondió incómoda.

            Lucía, me has malinterpretado —Sergio le cogió de ambas manos y se puso frente a ella. Echó un rápido vistazo al techo al notar cómo las luces halógenas tornaban su luz más suave—. Me encantaría darte un masaje en los hombros y espalda con aceite de almendras para relajarte, no pretendo hacer otra cosa. Por lo menos, si decides irte te habrás llevado un masaje gratis, ¿no crees que es buen trato?

Sergio hablaba con tanta dulzura que era imposible no ganar algo de confianza poco a poco. Lucía accedió, se desabrochó la camisa quedándose en sujetador. Raúl la miraba, observaba cómo reaccionaba. Agachaba la cabeza y cruzaba los brazos sobre los pechos, indicios de que no se encontraba cómoda. Él se planteó si había sido buena decisión dar aquel paso, probar la experiencia de hacerlo con dos personas más. No le gustaba ver a Lucía así. Procurando calmarse y restarle algo de importancia al estado de ella, acarició su mejilla derecha y la besó en los labios, con delicadeza, suavemente y con ternura.

Si me permites, preciosa —Dani se puso de rodillas frente a ella mientras le daba el bote de aceite de almendras a Sergio— voy a descalzarte y me encargaré de masajear estos lindos pies y los gemelos. A lo mejor hasta la dejamos dormida y todo, que somos muy buenos dando masajes.

            No lo creo —respondió casi instintivamente provocando una pequeña risa en los tres chicos.

Ey —Raúl levantó la barbilla de ella, le sonrió y volvió a besar, luego deslizó sus labios al cuello—, mírame a mí, vale. Si no consigues relajarte, nos vamos, cariño —le susurró al oído.

Las cálidas manos de Sergio empezaron a masajear sus hombros, con delicadeza pero de manera firme, realizando movimientos amplios y lentos, deslizándose suavemente hasta el cuello y viceversa. Lucía tenía  que reconocer que poseía unas manos fuertes y que sabía manejarlas muy bien. Raúl, mientras tanto, sentado a su lado le hacía suaves caricias por los brazos, atendiendo en todo momento su estado, besándola y sin dejar de mirarla. Dani enseguida comenzó a tratarle los pies. A pasos agigantados todos los nervios comenzaron a convertirse en un estado de placer y relajación como nunca antes había experimentado. El masaje a cuatro manos le resultaba fascinante, sobre todo con lo dedicados que estaban siendo los dos con ella.

¿Te encuentras cómoda? ¿Estás bien? —le susurró Raúl al oído. Ella agitó lentamente la cabeza de manera afirmativa, acariciando con dulzura la mejilla de él.

Raúl alternaba las caricias con besos, ligeros y continuados, recorriendo su brazo hasta llegar a su pecho y prosiguiendo con el otro brazo. Lucía, algo menos bloqueada y bastante más calmada, cayó en la cuenta de que estaba siendo agasajada por tres hombres a la vez, lo que volvió a alterarla pero de una manera diferente, ocasionándole una súbita subida de calor.

Lucía, para seguir con el masaje necesito quitarte el sujetador, ¿me lo permites? —le susurró por detrás Sergio.

Ella suspiró afirmando por lo que Sergio desabrochó el sostén por detrás y continuó con el masaje. A Lucía se le puso la piel de gallina, el resultado de sentir una mezcla de cosquillas y placer a causa de aquellas manos calientes que se movían a su espalda con tanta destreza, bajando lentamente, palpaba cada músculo, acariciando la piel.

Sólo voy a desnudarte la espalda —afirmó casi en un susurro, besando la nuca de ella—, estamos en tus manos, solo tú decides cuándo quieres enseñarnos tus pechos.

Sin darse cuenta exhaló un jadeo en voz queda. Sintió un ápice de vergüenza, miró a Dani y a Raúl y no parecían haberse percatado lo que la tranquilizó, le hubiese dado un poco de vergüenza que se hubiesen percatado de su reacción. Dani dejó de masajear los pies y subió hasta el muslo, amasando los gemelos y volviendo al bajo muslo, con fluidez y conocimiento. Aún inquieta y algo vergonzosa estaba segura de algo: no deseaba irse de la habitación, sus bragas humedecidas poco a poco le confirmaban dicha decisión. Los irrefrenables miedos, la urgencia de dejar aquel lugar y volver a su casa, se apagaron completamente, las manos prodigiosas de sus amantes le estaban despertando cada vez más el deseo de correr, pero en otro sentido.

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