Fuente de Esperanza (Relato de La Pluma de los Sueños)

M.O.A.T.

ARCHIVOS CLASIFICADOS

 

 

Caso: Fuente de Esperanza

Agente asignado: Enrique Ortiz

Clasificiación de misión: A     Sesiones: 2

Presupuesto: 100.000 ptas

Estado del caso: Incompleto

 

 

DATOS DEL PACIENTE

 

Nombre: Julián Salamanca                     Edad: 28 años

Estado: Traumático, sin posibilidades de realizar una vida corriente. Sufre largos periodos de ausencia perdido en las divagaciones y recuerdos del accidente automovilístico donde perdieron la vida su mujer e hijo no nato.

 

 

PRAXIS

 

 

Procedimiento onírico: Recuperación de la consciencia y normalidad del paciente tras trauma sufrido en accidente automovilístico.

Sesión 1: 23/02/1983. La duración de la sesión fue de dos horas, donde el CS exploró diversos métodos de llegar a la psique del paciente mediante sueños realizados entre Obscure y Ánima. El CS consiguió un leve acercamiento al paciente. Se adjunta copia del informe de sesión del CS.

Sesión 2: 05/03/1983. La duración de la sesión fue de hora y media. Se detuvo la sesión puesto a que el CS encargado de misma se encontraba en observación tras demostrar romper los protocolos del MOAT en dos ocasiones. Se suspende el tratamiento a cargo del Caminante de Sueños Enrique Ortiz de Landázuri y quedamos a la espera de que el director adjunto entregue el caso a un agente con mayor responsabilidad y conocimiento. Se adjunta copia del informe de sesión del CS y además adjuntamos párrafos aislados de dicho informe y con anotaciones de estudio para la valorar la expulsión del Caminante de Sueños.

 

 

 

Informe de misión.                        

Caso: Fuente de Esperanza.

Caminante de Sueños: Enrique Ortiz

Sesión: 2

Nº de colegiado: 350-ESPMOAT        

INFORME DE ACTUACIÓN:

No puedo más que expresar mi más amarga decepción y disgusto al comprobar en esta sesión que el M.O.A.T. parece necesitar ponerme una niñera para hacer mi trabajo y romper así mis propias herramientas y procedimientos. Dicho esto, paso a dar detalle de la sesión y explicar los porqués de que haya sido un completo fracaso. Me queda más que claro que diga lo que diga me quitarán el caso, pero por lo menos dejaré evidencias de que mi procedimiento no fue errado…

 

 

Enrique entró en la habitación. Antes de entrar en el sueño del paciente quería asegurarse de que estaba completamente tranquilo. Se sentó en la cama de al lado y miró de reojo las dos jeringuillas que le prepararon para facilitarle la tarea. Sus padres le metieron en el Instituto del Sueño de Madrid con apenas ocho años de edad. En su momento lo consideraron un prodigio al demostrar ciertos patrones de conducta que podían ser potencialmente educados en el mundo onírico. Ahora Enrique tenía diecisiete años y desde hacía algo menos de un año sus intendentes, supervisores y profesores no cesaban de recordarle que no rendía lo suficiente. Un prodigio que resultó ser una decepción. Aquellas jeringuillas suponían un recordatorio de ello, ya que de alguna manera le estaban diciendo “sin tomarte esto no consigues hacer bien tu trabajo”. Murmuró varias maldiciones en voz baja y se tumbó en la cama pensando en un ritmo nuevo, en una letra que le rondaba desde hacía días. Meses atrás su hermano le animó a formar una pequeña banda y le entusiasmaba la idea, además de que pensar en las canciones y los ritmos le ayudaban a conciliar el sueño y evitar los pensamientos negativos sobre la organización del sueño.

 

Despertó frente a una montaña rocosa desprovista de vegetación y de piedra negruzca. A su derecha el murmullo del agua le hizo prestar atención a una abertura en la roca por donde el rio cruzaba la montaña. Del interior de la gruta surgían lamentos ahogados, un niño pequeño sorbiéndose los mocos lloraba desconsolado propagando su lamento por toda la cueva. Enrique se adentró en la caverna, se agachó y alcanzó una piedra desmenuzándola para comprobar en qué esfera se encontraba. Los granos de arena de un intenso verde jaspe cayeron lentamente sobre el oscuro y húmedo suelo. Se espolsó las manos, exploró el lugar intentando descubrir de donde venía el lamento. Siguió el cauce del rio y al cabo de un rato se percató de que el llanto provenía de la propia agua.

―Un rio ―se dijo a sí mismo―. Me lo quieres poner difícil, ¿eh? Muy bien, Julián, muy bien.

Con cuidado de no romper la tensión de Quimera del sueño Enrique alteró lentamente la naturaleza de éste. Gradualmente y cada vez con mayor fuerza sopló un gélido viento de tal intensidad que escarchaba las estalactitas y el musgo de toda la cueva. El lamento del niño se hizo más intenso, la realidad vibró y entonces todo quedó en calma. El rio se convirtió en una laguna negra y la cueva ganó un tamaño tal que apenas se conseguía ver donde acababa. Enrique frunció el ceño, tocó el agua del lago, no sintió nada. Estaba solo. Julián, el paciente, ya no estaba en el sueño. Enrique esperó. No escuchó el zumbido que les provocaba despertar cuando o bien se había acabado el tiempo de la sesión o el durmiente se había despertado. Se llevó las manos al cuello, bufó sin explicarse cómo un durmiente común consiguió abandonar un sueño sin despertar.

―Debe haber generado un micro sueño, un sueño dentro de otro sueño ―musitó pensativo―. Joder, no se me dan bien las habilidades de rastreador pero como me salga del sueño y solicite un CS rastreador van a dejar constancia en mi curriculum seguro.

Se zambulló en el lago, usó sus parcos conocimientos como rastreador para buscar el hilo conductor hacia el durmiente pero no conseguía nada, por lo tanto decidió nadar hasta el fondo, tenía que encontrar o bien la frontera del sueño o el núcleo de éste. Tomó la forma de una trucha y agitó sus aletas rápidamente. No escuchaba nada, no veía nada, pero sentía la proximidad de la frontera del sueño. Cuando quiso darse cuenta cayó sobre el césped de un parque. Volvía a ser él mismo.

―Aquí estás ―dijo aliviado al levantar la vista y observar a Julián con la cabeza dentro de una pequeña fuente de piedra. Julián respiraba a grandes bocanadas dentro del agua estancada de la fuente, como si sus pulmones en vez de alimentarse de oxígeno se nutriesen del agua―. Julián, Julián, soy yo, ¿me recuerdas?

Enrique posó su mano en el hombro de Julián, quien al sentirle sacó la cabeza de la fuente aguantando la respiración. Lo miró a los ojos demostrando un tremendo terror.

―No tengas miedo, recuerda que estoy aquí para ayudarte―Enrique convirtió la pequeña fuente en una digna de un palacio romano. Los dos estaban en el centro de la misma mientras a su espalda una estatua de Venus dejaba caer a raudales agua. Se zambulló en el agua junto con Julián―. ¿Te encuentras más cómodo en el agua? ―el hombre asintió con la cabeza suspirando profundamente―. Pero sabes que no eres un pez, que necesitas respirar aire. En la vida, donde está tu familia, donde estás tú, el agua te ahoga Julián. ¿Te acuerdas porqué buscas la calma?

Julián lo miraba sin parecer entender sus palabras.  Enrique no veía avance en el estado del paciente. Llevar la sesión con el protocolo habitual y estudiado por el psicólogo del MOAT no estaba dando los frutos esperados, por lo tanto decidió tomar el control de la situación y generar su propio modus operandi. La fuente y  el agua donde estaban se tornó en un campo estrellado, al fondo se encontraba una casa de campo. Julián se llevó las manos al cuello abriendo la boca y gimiendo.

―Julián, escúchame. Respira. Tienes que respirar, tú puedes respirar. ¡Mírame a los ojos!

Al principio todo parecía ir de mal en peor, la tensión de Quimera reaccionó a la alteración de Enrique, el campo se estaba encharcando, la casa se descomponía en trozos y grandes geiseres comenzaron a emerger del suelo. Julián se estaba ahogando e intentó correr hacia uno de los géiseres pero Enrique lo cogió por los hombros y le volvió a repetir que respirara. El hombre tomó una primera bocanada de aire, más por desesperación que por propia voluntad. Enrique le cogió de la mano y tiró de él hacia la casa. No podía continuar el tratamiento en aquel sueño. Abrieron la puerta de la casa y descendieron unas angostas escaleras que les llevaba a una habitación. Julián se tensó reconociendo la estancia.

―Mi… mi casa.

―Eso es, Julián. Esta es tu casa. Hace más de un año que no la visitas.

―Estoy en mi casa, es mi habitación ―respondió acariciando las sábanas de la cama de matrimonio.

―Julián, llevas un año en casa de tus padres, en una pequeña habitación de la que apenas sales. Tus padres te necesitan ―Enrique, recordando eventos pasados del paciente, recreó una animada conversación en la planta de abajo. Según el padre de Julián fueron las navidades más felices que pasaron en familia.

―Sonia está aquí ―afirmó Julián saliendo a la carrera por la puerta. Bajó las escaleras encontrando a toda su familia frente a la chimenea; Su mujer, su padre, su madre y su hermana jugaban a las cartas y reían―. Sonia…

―Faltas tú, Julián. ¿No lo ves?

Julián negó con la cabeza, reculó golpeándose con fuerza el pecho y la cara.

―No, no, no. Ella no está, esto ya fue, ya fue.

Julián abrió la puerta de entrada a la vivienda y al cerrarla se encontró en un pasillo. Su rostro se tornó blanco, comenzó a temblar.

―Recuerdas esta noche, ¿verdad? ―dijo Enrique generando la escena en la que Sonia, embarazada y muy mal herida, era llevada en una camilla al quirófano―. No puedes hacer nada, no pudiste hacer nada, la rueda del coche se salió, no fue culpa tuya Julián. Tienes que aceptar lo que pasó por muy doloroso que sea, no puedes dejarte morir. Tu familia te necesita, Julián.

Julián pareció enloquecer, quería salir de aquel pasillo, no deseaba estar allí, arañaba las paredes al no encontrar salida. En dicho momento Enrique perdió el control del sueño, Julián estaba alterando el entorno. No salía de su asombro, un simple durmiente estaba combatiendo las esculturas oníricas de un Caminante de Sueños experto como él. La realidad se quebró convirtiéndose en un pozo de negrura que todo lo absorbía. El pozo se hizo un vertiginoso vórtice que se tragaba toda la realidad, generando escenas pasadas, vividas y recordadas; desde una pataleta en el colegio, el primer beso con su mujer hasta escenas de la biblia donde una delgada y aterrada Eva abrazaba a Adán mientras caían en el abismo interminable. Enrique cayó junto a Eva y Adán, sumido en la nada, sintiendo una enorme presión en la cabeza y el pecho, la negrura lo oprimía mientras escuchaba los gritos y sollozos de Julián impregnándolo todo.

―Ya es suficiente.

La oscuridad se transformó en una densa niebla negra que poco a poco se disipó transformándose en un bello jardín colmado de fuentes de diferentes tamaños y estilos.

―Desde este momento me encargo yo del caso Fuente de Esperanza, no serán necesarios más tus servicios en esta misión, señor Ortiz.

Enrique reconoció al momento a Samuel Cabañero, rector de la universidad onírica de Madrid.

―¿Qué hace usted aquí? ―le preguntó molesto Enrique.

―He revisado los informes de sus últimas misiones, descubriendo mala praxis en más de uno, falta de conocimientos básicos como escultor y rastreador que no debieran darse en un agente de su cualificación y que por lo tanto está resultando un problema para concluir con éxito las misiones que se le encargan, señor Ortiz.

―El director de la universidad ha revisado mis informes ―asintió contrariado Enrique―. Porque han presentado quejas, ¿verdad?

―Joven, este es un trabajo serio y muy delicado, no podemos permitir que los agentes se salten los protocolos de conducta y actuación y mucho menos pasar por alto que un CS no esté a la altura de su licenciatura. Como ha podido comprobar, salirse de los cánones de actuación recomendados por el psicólogo ha sido un completo desastre. La gente no va a confiar en nuestra función si no ven resultados y claramente con esa actitud no verán resultados, sino problemas y desconfianza al tener que prolongar las sesiones, sesiones que a nuestros clientes les cuesta un dineral.

―¿Sabe que le digo? Estoy harto del MOAT, harto de la DEO y de las mamarrachadas de la universidad del sueño. Soy muy capaz de muchas cosas y no voy a dejar que cuatro pelagatos chupatintas me ninguneen. Tengo un nivel más que capacitado para realizar mi trabajo, otra cosa es que ustedes quieran que de más de lo que ya tengo, de lo que ya soy.

Con esas palabras Enrique abandonó el sueño del paciente y la institución del sueño para siempre.

 

 

 

 

“…el secretismo y falta de claridad en el trato no es cosa nueva desde hace un tiempo, y lo he tenido muy presente, no soy idiota. Puede que, como me han repetido en varias ocasiones, yo sea joven y rebelde, que no entienda que las reglas se deben seguir se quiera o no se quiera. Con toda mi juventud y falta de madurez veo muy de lejos a donde se dirigen los pasos de quienes han dado pie a esta traición, (pues abordar a un Caminante de Sueños en plena misión es una traición desconcertante) no quieren a un crio que piense por sí mismo, que pese a sus errores y no ser uno de esos dotados con un don especial en el mundo onírico, ofrezco y doy lo mejor de mí al coste que sea necesario. Me consta y no dudo de la dureza con la que se efectuará el castigo pertinente, que por estas palabras y por mis faltas anteriores sufriré grandes consecuencias, pero como aquel que dice; no me arrepiento de lo de ayer. Si mi carrera como CS se ve truncada por esto, por “el duende” que nos invita a soñar, quien domina nuestros trabajos, virtudes y estudios, que así sea, estoy cansado de luchar para que se me reconozca el nivel de Maestro Escultor y que siempre se boicotee y se me exija más de lo que está estipulado en el pase de grados. No estoy dispuesto a seguir “caminando” estos senderos de traición, así pues, actúen como crean convenientemente.

 

ENRIQUE ORTIZ DE LANDÁZURI

C.S. Escultor Experimentado

EL CASO SLICERMAN

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En una fría noche de Londres de 1833, descubren el cuerpo de una joven asesinada brutalmente. Un galerista de arte parisino en los años veinte es testigo de la muerte de un hombre asesinado de la misma forma. En el invierno de 1942, el comandante alemán Redwitz se enfrenta al enigma de dos asesinatos dentro del campo de exterminio de Gusen; dos muertes exactamente iguales, marcadas con un extraño símbolo. Año 2015, la criminóloga Tamara Pascual se encarga de un caso de asesinato encontrando conexiones con todos los asesinatos anteriores. Cuatro historias en épocas distintas, cuatro personajes atrapados y obsesionados por descubrir la verdad, un solo desenlace colmado de tensiones, misterios y agridulces sorpresas. ¿Te atreverás a investigar El caso Slicerman?

Adéntrate en la inmersiva historia de Slicerman, un thriller de tensión e investigación con toques sobrenaturales que te atrapará desde la primera hasta la última página. Slicerman es una obra oscura que maneja elementos y estilos basados en la literatura de H.P. Lovecraft, un relato que a todo amante de este género le encantará y disfrutará seguro.

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LA PRIMERA CÁMARA (Borderlands Tale)

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           PRÓLOGO

            —¡Saludos! ¡Entra, tengo nuevas mercancías!

—Ni saludos ni mierdas, viejo —el hombre, de tosca y ruda apariencia dejó de manera violenta una pistola de cañón largo sobre el mostrador, justo frente a la reja de seguridad que hacía de frontera entre Marcus y sus clientes— compré esta Jackobs en una de tus  máquinas expendedoras de armas en Rust Common East. Está truncada, se encasquilla, es inestable, tiene el tambor rasgado… ¡Es una puta basura!

            —Tranquilo, amigo —levantó las manos Marcus sonriendo—, no hace falta hablar así, tenemos un pequeñín escuchando y su madre tiene muy mala baba cuando después de venir a la tienda del abuelo, bueno, dice cosas que no debe, je,je —Marcus guiñó un ojo a su nieto de siete años, el muchacho estaba a su lado, con los ojos abiertos como platos.

            —Devuélveme la pasta, abuelo —dijo con brusquedad.

—La pregrabación de las máquinas expendedoras ya lo anuncia, amigo; no hay devoluciones.

            —¿Cómo dices? —el hombre entrecerró los ojos poniendo una mueca extraña, haciendo que la enorme cicatriz que le cruzaba media cara se contorsionara y adoptara una forma desagradable para la vista—Mira, puedes llevar toda tu puñetera vida vendiendo las armas de los muertos, maldito carroñero, pero a mí no me vas a tangar. O por las buenas o por las malas —el hombre se percató de la mirada fría y el semblante amenazador de Marcus tras la coacción, sonrió ante lo cómico que le parecía—. Esa mueca de tipo duro te funcionaría hace veinte años, ahora ya no impresionas a nadie, tienes tantas arrugas que pareces un amasijo de carne Skag recién atropellado —el hombre sacó una pistola de repetición y apuntó a la cara de Marcus por el hueco de las rejas, directo al entrecejo—. Ah, ah, ah, Marcus, las manos quietas o tu nietecito verá por primera vez un perolo abierto con todos los sesos esparcidos por el suelo. Devuélveme la pasta, quiero mis cuatrocientos dólares.

            —Amigo, esa pistola era de reventa —manifestó molesto. El mercenario tenía razón, estaba viej
o, antaño le hubiese dado tiempo de sobra de activar los escudos y las torretas de seguridad—, te ha costado doscientos como mucho, ¿te piensas que no conozco mi mercancía?

            —Mi tiempo vale dinero, mi combustible también, y mi paciencia se agota —amartilló el arma—. Dame cuatrocientos antes de que te perfore la cabeza. No tiene que ser muy agradable para el mocoso ver como la cara de su abuelito se deshace por el ácido corrosivo del arma.

            —Está bien, está bien —Marcus asintió resignado, con las manos en alto. Su nieto miraba l
a situación con total espectación—. Pero no se te ocurra ir diciendo por ahí que no me ajusto a mi política de no devoluciones, esto queda entre tú y yo, te doy cuatrocientos cincuenta, considéralo un plus por comprar tu silencio.

            —Suelta la pasta.

            —Máximus —miró a su sobrino sonriéndole—. Ves a la caja fuerte y saca cuatro billetes de esos que pone un cien grande y uno de los que pone un cincuenta.

            —Pero abuelo, no haces devoluciones.

            —Je, je, je, ay mi pequeñajo. Es la política especial de Marcus —Le guiñó un ojo a Máximus—. Un secreto, el abuelo ya te ha contado muchos secretos.

            —¡Venga carcamal! No tengo todo el puto día —el mercenario sacudió la pistola con la intención de meterle prisa.

Máximus se fue a la trastienda. Marcus miraba fijamente al mercenario, el cual estaba sudando, seguramente porque estaba inquieto.

            —¿Eres consciente de que el noventa y cinco por ciento del negocio de las armas en Pandora
es mío? —Marcus observó al mercenario, que le miraba con cara de circunstancias, él chistó y suspiró al darse cuenta de que aquel tipo tenía tan pocas luces que no entendía a que se refería diciéndole aquello, por lo que se aclaró la garganta y continuó—. Eso quiere decir que vas a tener muy pocas tiendas donde conseguir armas de ahora en adelante, amigo. Los clientes problemáticos no me interesan.

            —Soy un busca cámaras, hago tratos tanto con Dahl como con Hyperion. No me faltan proveedores de armas, además de las que recojo de aquellos que se cruzan en mi camino y quieren joderme —el hombre sonrió con significativa malicia, doblando la cabeza, apuntándole a un ojo.

Marcus asintió, suspiró y miró al suelo.

            —El puto crio tarda demasiado. O sale ya o te pego un tiro, no juegues conmigo, colega.

            —
¿No vas a tener un poco de paciencia ni con un niño de ocho años?

            —Que le jodan al niño y a…

Marcus cerró los ojos al escuchar la detonación del arma, se tapó la cara y rezó porque la bala incendiaria no le chamuscara las manos. Al sentir la tibia sangre y masa cerebral golpear sus manos , se descubrió la cara sacudiéndolas y mirándose la camisa toda salpicada de sangre y restos.

            —Que te jodan a ti, gilipollas —Dijo Máximus, detrás del busca cámaras, armado con un rifle de francotirador adaptado a su pequeñas manos.

            —Si, eso mismo,  que le jodan —dijo Marcus. Se asomó y miró el cuerpo sin vida del mercenario
, convulsionándose y poniendo el suelo perdido de sangre—. Mira tú qué cosa, ¿ahora quien parece un amasijo de carne Skag recién atropellado? —Marcus utilizó su comunicador ECO para llamar al servicio de limpieza—Lauren, ¿Qué pasa zorro? Oye, necesito que me tires la basura. Si, si, otra vez, ya sabes como es este negocio. Claro, por supuesto, la tarifa habitual es la adecuada. Te veo en un rato.

Marcus dio la vuelta al mostrador, registró los bolsillos del busca cámaras sacó el acceso remoto de su inventario ECO y le echó un vistazo. Llevaba seis armas digitalizadas las cuales trasfirió a la caja fuerte de la tienda.

            —Otro set de mercancías conseguidas de las frías manos de un busca cámaras, ¡ja! —llegó hasta su nieto, accionó el mecanismo que abría la trampilla oculta de la pared por donde había salido Máximus. Miró al pequeño y le sacudió el pelo—. Muy bien, Máximus, esa es la política especial del abuelo; “si me apuntas con un arma estás muerto” —Marcus cogió el rifle de su nieto y lo guardó dentro del pasaje secreto, luego volvió a cerrar la trampilla.

            —¡Siiiii! Política especial.

            —No le digas nada de esto a mamá, eh —Marcus golpeó cariñosamente la punta de la nariz de su nieto y luego le dio un beso en la mejilla.

            —Abu, ¿Cuál fue la primera cámara?

            —Aaaay Máximus, esa es una larga historia.

            —Abu, abu, cuéntamela —le exigió con emoción y tirando del pantalón de su abuelo.

            —Hoy es u
n poco tarde, Máximus, si quieres te cuento cómo cuatro busca cámaras encontraron la primera cámara aquí, en Pandora.

            —¡Abu! O me cuentas lo de la primera cámara o mamá sabrá del capullo muerto —respondió Máximus enfurruñado y señalando el cadáver.

Marcus empezó a reírse hasta p
onerse rojo, se limpió las lágrimas y aupó a su nieto sintiendo cómo sus articulaciones se resentían. Lo llevó a la trastienda y activó el cierre automático de las puertas del local para que nadie les molestara.

            —Pequeño granuja, has salido a tu abuelo. Serás un excelente hombre de negocios —Marcus sacó un libro de la estantería—. Así que quieres que te cuente una historia, ¿eh, granujilla? —abrió el libro por la mitad, buscó el capítulo concreto, el que necesitaba recitar para empezar a contarle a su nieto lo que quería saber—. Todo empezó en Promethia, con la compañía Atlas, hace algo más de dos cientos años.

            —¡Ala! Abuelo, eso son muchos más años de los que tú tienes, ¿verdad? —afirmó sorprendido y dudando de cuantos años suponía dicha cifra.

Marcus no pudo aguantar una
carcajada. Tras tomar asiento, puso a su nieto sobre su pierna derecha y colocó el libro en la izquierda.

            —Veamos… —se aclaró la garganta y marcó con el dedo por donde debía leer—. Atlas, junto con Dahl fueron las primeras mega corporaciones de colonización extraterrestre tras la tercera edad de hielo en el planeta Tierra, de donde somos la raza humana originariamente…

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Motel Colina Silenciosa

Era el 31 de octubre del año 2008. Samuel Gutiérrez recorría la monótona carretera nacional con dirección a Oviedo. La madrugada cayó, junto con la niebla y la temperatura. Samuel llevaba al volante ocho horas seguidas. Ansiaba llegar a su destino para acabar las negociaciones sobre un solar, pero su cuerpo clamaba por un merecido descanso. Como si el destino hubiese escuchado la necesidad, en su camino encontró un letrero que señalaba la proximidad de un motel. Se desvió de la carretera, cauto y temeroso, pues la niebla se había vuelto densa y blanca cual sábana de algodón. Tras recorrer medio kilometro de desvío, discernió entre la bruma las tenues y lejanas luces de un edificio pequeño. El motel estaba cercado por una valla negra. En la entrada se erigía un cartel: “Bienvenido al Motel Colina Silenciosa”. Samuel dejó su coche en el aparcamiento para clientes. Cerró el vehículo sintiendo un escalofrío, la temperatura allí era más baja incluso que en la carretera. “Es lo que tiene la cercanía del bosque” pensó Samuel poniéndose la chaqueta. La noche callaba. Sólo sus pasos resonaban entre las contorsionantes masas de niebla y las crepitantes hojas secas que pisaba por el camino. Una mujer de avanzada edad, de expresión desagradable y comportamiento arisco se encontraba frente a la puerta de entrada.

—Son cuarenta y cinco euros —dijo la anciana con aspereza, agitando y mostrando la llave a Samuel. La chapa que colgaba de la llave lucía el número trece.

 Samuel pagó a la mujer y cogió la llave, indignado por los modales de la regente del lugar. Se dirigió a su lugar de descanso musitando improperios varios pero, una vez llegó a la habitación, el cansancio del viaje le hizo restar importancia a todo lo demás. Se echó sobre la cama sin mayor sutileza que descalzarse. El agotamiento lo sumió en un pesado sueño. El reloj marcaba las tres de la mañana cuando Samuel se despertó gradualmente. Un sonido rítmico y ciertamente agudo fue la causa. La habitación estaba sumida en la más completa oscuridad. Samuel sintió el corazón desbocado. La madera del pasillo crujía, parecían pasos lentos y pesados. A cada quejido de la vieja madera, algo era arrastrado y un ahogado lamento lo acompañaba. Los inquietos sonidos eran cada vez más cercanos a su puerta. Samuel sabía que era la única salida y el pasillo que llevaba a la puerta principal era angosto. El pavor abrazó su cuerpo con tal intensidad que se tensó cual estatua. Una respiración profunda, ronca y fuerte se acercaba. Un paso, dos, el arrastre y un lamento más. Otra vez, con la misma cadencia, más cercano a su puerta. Todo quedó en silencio. Un  fuerte y contundente golpe se escuchó a no más de un metro de la entrada a su habitación. Samuel se enderezó sobre la cama, sobresaltado, jadeante y sudoroso. Un pequeño murmullo, como de algo escarbando en tejido blando y húmedo precedió al golpe. De nuevo el silencio. Su respiración entrecortada era lo único que se escuchaba en la tremendamente oscura habitación. Sentía que tras la puerta se encontraba alguien, casi podía oír su respiración, profunda y grave. Temía encender la luz. Escuchó crujir la madera. Las manos y las piernas le temblaban. Un extraño olor le alertó mayormente. Con cuidado, procurando no hacer ruido, introdujo su mano en el bolsillo derecho del pantalón, sacó las llaves de su coche e hizo uso de la pequeña linterna que llevaba en el llavero para observar con horror que, por el travesaño inferior de la puerta, se deslizaba lenta y densamente un creciente charco de sangre. “Oh, dios mío” musitó aterrado y, en respuesta, una maza de demoliciones perforó la puerta, saltando astillas y agrietando la delgada madera.  Samuel sucumbió ante la histeria y gritando aterrado abrió la ventana de la habitación. Apenas atendió el atenazante frío y no quiso reparar en el vértigo a la caída, cuya distancia era confusa, oculta entre la bruma y la penumbra. Al segundo golpe la puerta se abrió desgarradoramente, astillas de madera volaron por toda la habitación. Saltó gritando, alcanzó el húmedo y blando suelo, pero la poca capacidad de visión le impidió calcular bien la caída y se torció el tobillo derecho al tomar tierra. Corrió descalzo por su vida, cojeando. La noche y la niebla lo envolvieron, siguió corriendo desesperado y temeroso, mientras susurros de lamentos y gritos de dolor se alzaron a su paso. Aquel lugar era irreconocible. Por la situación de la habitación y lo que consiguió avanzar, debía encontrarse en el aparcamiento del motel, pero su coche no estaba allí.

¿CÓMO ACABARÁ LA DESDICHA DE SAMUEL?

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Protocolo Final

El corazón le golpeaba el pecho tan fuerte, con un ritmo tan frenético que le dolía. Sudores fríos recorrían su frente y reflejaban las luces naranjas y rojas de las sirenas de alerta. No podía flaquear, ya faltaba poco para llegar al control principal. Iniciar el protocolo final no era una mera cuestión de urgencia, sino un deber para con sus compañeros. Sus sacrificios, sus muertes no serían en vano. Urselis estaba aterrado. La congoja aferraba sus piernas y las sacudía como si fuesen pequeñas varas de mimbre. Tenía que llegar hasta el frente y poner las claves, no importaba cómo.

Capítulo I
Cuadrante Zero
Cuatro días antes

Año 3955, nave Second Earth 25

Urselis ultimaba los preparativos para movilizar al ERS (Equipo de Reconocimiento de Subsistencia). Habían pasado dos meses desde la última vez que visitaron el planeta Cuadrante Zero. Transcurrido aquel periodo de tiempo, era el momento de volver a inspeccionar tanto la evolución de las plantas sintéticas como los sensores geológicos colocados en la primera expedición.
—Muy bien chicos, ya sabéis como funciona esto —dijo Urselis introduciendo los recipientes de muestras en la nave de colonización y estudio. Los miembros de su equipo daban vueltas de un lado a otro, como siempre algo desordenados—. No tenemos todo el día y menos en Cuadrante Zero, que la rotación de este planeta es más rápida que la de la Tierra.
—Doctor Breek —solicitó Ánia, la bióloga interplanetaria y ministra de colonizaciones. Llegó hasta Urselis con porte serio, casi estirado.
—Si, doctora —respondió Urselis controlando sus gestos, disimulando el tedio que le suponía parlamentar con aquella política irritante.
—He repasado los archivos e informes —empezó a advertirle abriendo una pda digital y mostrando en formato 3D los documentos generales—, la partida de reconocimiento no cuenta con la unidad androide de protección y estudio que está estipulado según las leyes de colonización. Ni consta aquí —dijo señalando la cláusula de equipo y herramientas—, ni en el apartado de otros y anotaciones varias al final del informe.
—No sé cuantas veces se lo tengo que repetir, doctora —replicó él deslizando las palabras con pesadez, encogiendo los hombros y mirando al techo con exasperación—. Llevamos más de un siglo con el proyecto Nueva Tierra, y son muchos los cambios y los protocolos y leyes y…
—No tengo tiempo para sus excusas ni réplicas —le interrumpió Ánia tajantemente haciendo efusivos ademanes con la mano izquierda—, doctor. Si no arman y preparan el androide, su partida de reconocimiento no tomará tierra hoy en Cuadrante Zero. Ni hoy ni ningún otro día hasta que no cumpla riguro…
—Está bien, está bien —Urselis alzó las manos, evitando la perorata de la mujer, se giró hacia uno de sus hombres—. Norman, preparará una unidad Cibergcom, pese a que no es necesario pues no vamos a colonizar —afirmó con acentuado ritintín—, y los Cibergcom se usan sólo en la colonización, pero vamos a llevarlo —miró directamente a los ojos de la ministra, suspiró y le apuntó con el dedo índice— ¿Sabe perfectamente que la operación de colonización no se dará hasta que mi equipo confirme que el planeta es viable para nuestra especie?
—Por supuesto que lo sé, sería una incompetente si no tuviese los conocimientos adecuados para tener mi cargo.
—Es entonces cuando se precisa presencia seudomilitar, drones y ciborgs de defensa y combate, para que lo entienda —continuó con un tono burlón—, que no son necesarios hasta que mi firma esté en los informes virtuales asegurando toda forma de vida sobre la Tierra puede desarrollarse en el planeta. No antes. Por lo tanto…
—Por lo tanto cuando eso ocurra si en su informe de partida no constan unidades de combate, la operación de colonización no se realizará, del mismo modo que no se realizará esta partida de reconocimiento hasta que no vea el androide irse con su equipo, doctor. Las leyes de navegación, de toma de contacto y colonización están para cumplirse y yo, estoy aquí para asegurarme de que es así. Estamos en una nave nodriza CubicTown, señor Breek. Si los 185.000 habitantes de esta hiciesen lo que les viniera en gana siguiendo… ¿como suele decir usted? —preguntó retóricamente Ánia, torciendo el gesto, devolviéndole la burla a Urselis— ah, sí, “el instinto y racionamiento”, esto no sería una nave nodriza, sino una ciudad flotante basada en la anarquía y el caos, doctor — Ánia miró el reloj, estaba perdiendo demasiado tiempo con aquella discusión—. Envíeme por señal Wifi el formulario con el número de registro y los parámetros del ciborg. Tiene media hora para hacerlo, de lo contrario no tendrá luz verde para bajar hoy. Buenos días.
Urselis se mordió la lengua, miró desafiante a Ánia mientras la mujer se alejaba a paso firme.
—¿Ahora qué es lo que nos falta?
Urselis se giró al reconocer la voz aterciopelada de Lena, su mujer y segunda al mando del equipo de reconocimiento.
—“ Envíeme por señal Wifi el formulario con el número de registro y los parámetros del ciborg lablá, blá, lablá, blá—respondió Urselis remedando a la ministra, provocando una carcajada aguda en su compañera.
—Urselis —Lena rodeó el cuello de marido con ambos brazos y lo besó tiernamente—. No le caes bien y ella firma todas las partidas de reconocimiento. No nos conviene que nos sancionen otra vez. Cuando esa mujer detiene una partida, la nave invierte una cantidad de energía y recursos que al gobierno le cuesta millones para nada, y no la van a culpar a ella por dicha pérdida.
—Pero es que… ¿Para qué queremos una unidad militar? Es la segunda toma de contacto, el área estaba asegurada en la primera vez… en fin, por favor dile a Norman que se de prisa, que hable con el Sargento Racknar que nos pondrá más facilidades para llevarnos cuanto antes un Cybercom, por favor.
—Ahora mismo, cielo —respondió Lena besando los labios de su amado.
Urselis suspiró algo más tranquilo. Su compañera y pareja le conocía lo suficiente como para saber tomarse aquellos enfrentamientos con mayor filosofía que él. Era muy posible que a causa de los problemas que Ánia les estaba poniendo, la partida se retrasara una hora y por su culpa no consiguieran acabar de recopilar todos los datos del área cuatro del planeta antes de que anocheciera y eso no le gustaba. Estar en un planeta desconocido, en proceso de reconocimiento cuando la estrella que lo ilumina se escondía era algo que le ponía muy nervioso después de lo ocurrido cuatro años atrás en Galaxia Nueve. El planeta Púrpura demostró tener una actividad nocturna mortalmente hostil que acabó con la vida de veinticinco hombres de su equipo. Nunca más volvería a permitir una tragedia como la sufrida allí. Una tragedia que en parte fue culpa de las órdenes y protocolos políticos que con tanto tesón defendía Ánia. Urselis agitó la cabeza, desvaneciendo las cavilaciones funestas que le estaban robando el tiempo y la concentración. Su deber era preparar al equipo para la partida, no pensar en los fantasmas del pasado.

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Una Nueva Experiencia

 

Lucía miraba nerviosa a Raúl, su novio. Iban en el coche camino a un chalet donde se solían hacer fiestas para parejas. Tragó saliva excitada, una mezcla entre agitación, miedo y emoción. Ella y Raúl llevaban nueve años juntos y mantenían una intimidad sexual muy buena, además de tener plena confianza el uno en el otro, se lo contaban todo, y de ahí que conocieran el uno del otro las fantasías y curiosidades más oscuras. Durante más de un año estuvieron hablando de tener sexo en grupo, de probar una experiencia bisexual, pero nunca se presentó la ocasión adecuada o las personas adecuadas. Raúl posó su mano sobre el muslo de ella y sonrió.

¿Muy nerviosa, Luci? —preguntó cariñosamente él.

Bastante, sí.

            Bueno, en cuanto les conozcas verás como se te va pasando, son muy buena gente.

Llegaron a la casa de campo bastante rápido. El lugar estaba apartado de la ciudad y no tenía vecinos en las inmediaciones. Por lo menos era discreto, pensó Lucia. Aparcaron el coche tras los muros exteriores del jardín, entraron en un salón de iluminación y aroma muy agradable. Se tomaron varias copas, hablaron un poco y ella intercambió miradas con alguna que otra chica de las que se encontraban allí también tomando algo. Habían un total de unas doce personas en aquella especie de pub. El alcohol comenzó a hacer efecto, sintiendo cómo sus músculos se relajaron y una sensación de liviandad general.

Nos están esperando en la habitación que hemos reservado —le susurró Raúl besándole el cuello sensualmente—. Me dijeron que nos tomáramos el tiempo que necesitáramos antes de ir, y que si no estábamos seguros fuésemos a decirles que nos íbamos. Te repito lo mismo que en casa, si tienes cualquier duda lo dejamos, es solo un juego.

Lucía le acarició la mejilla, lo besó lentamente, saboreando sus labios impregnados con el néctar amaderado y alcohólico que estaba tomando. Le miró directamente a los ojos, adentrándose en ellos hasta tocar su alma, hasta desnudarlo y sentir su deseo como propio.

Vamos, Raúl.

Raúl le cogió de la mano y con pícara sonrisa la llevó hasta la segunda planta del chalet. Allí estaban las habitaciones reservadas para las parejas. Llegaron a una puerta de madera oscura, él tocó dos veces y se escuchó desde dentro a alguien dándoles paso. Lucía no podía negar que la primera impresión le impactó; eran dos hombres, a torso descubierto y con la bragueta bajada, se encontraban en un amplio sofá cheslong, haciéndose mutuas felaciones. Respiró agitadamente, se sintió inquieta, incómoda, luchaba con una urgente necesidad de salir corriendo… pero en el fondo, por debajo de aquel torbellino de alarmas, brillaba tímidamente una brizna de morbo. Antes de conocer a Raúl, Lucía tuvo encuentros sexuales con chicas, en una ocasión incluso con dos, pero nunca antes se planteó tener sexo con tres hombres. Entre el alcohol y las dudas su cabeza daba vueltas, alterada, cuestionándose lo moralmente correcto de aquello, de lo mal que podía salir todo. Necesitó respirar profundamente para apartar, muy parcialmente, dichas cavilaciones.

Hola, perdonad, estábamos calentándonos un poquito mientras os decidíais —dijo uno de ellos al verles entrar. Devolvió su pene al interior de los pantalones, se acercó y saludó a Raúl estrechando la mano, luego dio dos besos a Lucía—. Soy Sergio, tú debes ser Lucía. Encantado. Por favor, sentaos —solicitó con dulce voz, haciendo un ademán hacia el sofá—, vamos a relajarnos un poquito, que veo que estáis algo tensos.

Lucía, recibió los dos besos con algo de reparo, a fin de cuentas, pese a lo agradable que era el chico poco antes de besarle la cara estaba literalmente amorrado al falo de su amigo y ella no estaba precisamente en situación como para aquello encontrarlo morboso o atractivo, los nervios la estaban matando. Lo miró de arriba a abajo. Sergio tendría de cuatro a cinco años más que ella, unos treinta y pocos, alto, moreno de ojos verde claro. Con cierto rubor lanzaba miradas furtivas a sus definidos abdominales y henchido pecho, el muchacho estaba fuerte y además olía muy bien. Cuando éste se dio la vuelta admiró la ancha espalda y su culo respingón. Lo acompañó hasta el sofá, se sentó al lado del otro hombre que parecía tener algo menos de la edad de Sergio.

Hola, guapísima —él se lanzó a darle dos besos con mucha energía—, tenía ganas ya de conocerte, yo soy Dani —se presentó y con total falta de pudor miró las tetas de ella, a primera vista parecían naturales y bastante grandes, cosa que le gustaba.

Lucía sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. A su izquierda estaba Sergio, a su derecha Dani. El rubio no poseía un cuerpo tan escultural como el de su compañero pero su figura era atlética y agradable.

Bueno, tu novia está hecha un flan, de eso no hay duda —dijo Dani sonriendo, mirando a Raúl que se acababa de sentar a su lado— ¿Tú cómo lo llevas, tío? ¿Hay ganas de empezar o qué?

            Yo también estoy algo nervioso, no te creas —sonrió Raúl observando a Lucía. La conocía bien y por sus gestos y cómo estaba sentada detectaba en ella bastante incomodidad—. Cariño, si quieres lo dejamos.

Lucía respiró profundamente por tercera vez, que Raúl le dijera aquello sólo hizo que empeorar su estado de ansiedad. Los tres la estaban mirando, no sabía qué hacer, qué decir, por momentos se estaba volviendo la situación más y más desagradable, se sentía presionada, los tres estaban expectantes, a la espera de que dijera que sí, que se quedaba. No le gustaba que la presionaran, aunque fuese indirectamente, un nudo en el estómago se tensaba cada vez con mayor fuerza.

Lucía, ey —Sergio posó delicadamente su mano sobre el hombro de ella—, no te preocupes por nada, actúa con normalidad, si quieres decir algo lo dices, si quieres marcharte puedes hacerlo. En cualquier momento, sin presiones. Piensa que estamos para ti, tú mandas, ¿ok?

Ella se apartó el mechón que tapaba el lado izquierdo de su cara, miró a Sergio. El muchacho era guapo y la barba de dos días le quedaba muy bien, su sonrisa le hizo sentir algo más arropada.

Te propongo una cosa, voy a quitarte la camisa mientras Dani baja la intensidad de la luz de la habitación hasta que sea muy tenue. Vamos a darte un masaje, ¿ok? ¿Te parece bien?

            No quiero desnudarme, no todavía —respondió incómoda.

            Lucía, me has malinterpretado —Sergio le cogió de ambas manos y se puso frente a ella. Echó un rápido vistazo al techo al notar cómo las luces halógenas tornaban su luz más suave—. Me encantaría darte un masaje en los hombros y espalda con aceite de almendras para relajarte, no pretendo hacer otra cosa. Por lo menos, si decides irte te habrás llevado un masaje gratis, ¿no crees que es buen trato?

Sergio hablaba con tanta dulzura que era imposible no ganar algo de confianza poco a poco. Lucía accedió, se desabrochó la camisa quedándose en sujetador. Raúl la miraba, observaba cómo reaccionaba. Agachaba la cabeza y cruzaba los brazos sobre los pechos, indicios de que no se encontraba cómoda. Él se planteó si había sido buena decisión dar aquel paso, probar la experiencia de hacerlo con dos personas más. No le gustaba ver a Lucía así. Procurando calmarse y restarle algo de importancia al estado de ella, acarició su mejilla derecha y la besó en los labios, con delicadeza, suavemente y con ternura.

Si me permites, preciosa —Dani se puso de rodillas frente a ella mientras le daba el bote de aceite de almendras a Sergio— voy a descalzarte y me encargaré de masajear estos lindos pies y los gemelos. A lo mejor hasta la dejamos dormida y todo, que somos muy buenos dando masajes.

            No lo creo —respondió casi instintivamente provocando una pequeña risa en los tres chicos.

Ey —Raúl levantó la barbilla de ella, le sonrió y volvió a besar, luego deslizó sus labios al cuello—, mírame a mí, vale. Si no consigues relajarte, nos vamos, cariño —le susurró al oído.

Las cálidas manos de Sergio empezaron a masajear sus hombros, con delicadeza pero de manera firme, realizando movimientos amplios y lentos, deslizándose suavemente hasta el cuello y viceversa. Lucía tenía  que reconocer que poseía unas manos fuertes y que sabía manejarlas muy bien. Raúl, mientras tanto, sentado a su lado le hacía suaves caricias por los brazos, atendiendo en todo momento su estado, besándola y sin dejar de mirarla. Dani enseguida comenzó a tratarle los pies. A pasos agigantados todos los nervios comenzaron a convertirse en un estado de placer y relajación como nunca antes había experimentado. El masaje a cuatro manos le resultaba fascinante, sobre todo con lo dedicados que estaban siendo los dos con ella.

¿Te encuentras cómoda? ¿Estás bien? —le susurró Raúl al oído. Ella agitó lentamente la cabeza de manera afirmativa, acariciando con dulzura la mejilla de él.

Raúl alternaba las caricias con besos, ligeros y continuados, recorriendo su brazo hasta llegar a su pecho y prosiguiendo con el otro brazo. Lucía, algo menos bloqueada y bastante más calmada, cayó en la cuenta de que estaba siendo agasajada por tres hombres a la vez, lo que volvió a alterarla pero de una manera diferente, ocasionándole una súbita subida de calor.

Lucía, para seguir con el masaje necesito quitarte el sujetador, ¿me lo permites? —le susurró por detrás Sergio.

Ella suspiró afirmando por lo que Sergio desabrochó el sostén por detrás y continuó con el masaje. A Lucía se le puso la piel de gallina, el resultado de sentir una mezcla de cosquillas y placer a causa de aquellas manos calientes que se movían a su espalda con tanta destreza, bajando lentamente, palpaba cada músculo, acariciando la piel.

Sólo voy a desnudarte la espalda —afirmó casi en un susurro, besando la nuca de ella—, estamos en tus manos, solo tú decides cuándo quieres enseñarnos tus pechos.

Sin darse cuenta exhaló un jadeo en voz queda. Sintió un ápice de vergüenza, miró a Dani y a Raúl y no parecían haberse percatado lo que la tranquilizó, le hubiese dado un poco de vergüenza que se hubiesen percatado de su reacción. Dani dejó de masajear los pies y subió hasta el muslo, amasando los gemelos y volviendo al bajo muslo, con fluidez y conocimiento. Aún inquieta y algo vergonzosa estaba segura de algo: no deseaba irse de la habitación, sus bragas humedecidas poco a poco le confirmaban dicha decisión. Los irrefrenables miedos, la urgencia de dejar aquel lugar y volver a su casa, se apagaron completamente, las manos prodigiosas de sus amantes le estaban despertando cada vez más el deseo de correr, pero en otro sentido.

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Los Inescrutables Caminos de la Fuerza (Star Wars Tale)

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CAPITULO I

EL SACRIFICIO

 

Año 428 DBY. Tras años de dificultades y casi acabar extinguida, la Orden Jedi decretó dividirse en cinco escuelas ocultas y repartidas por toda la Galaxia, dificultando así ser localizados por sus enemigos. Han pasado diez años desde que se tomó tal decisión y el crecimiento de la Orden ha sido fructífero, pero una nueva amenaza se ha despertado. Los Sith, en su infinita codicia han desencadenado otra guerra contra La III República. La facción ha desplegado sus fuerzas en dos contiendas; tomar posiciones estratégicas por toda la galaxia y localizar y exterminar a los Jedis.  A Adaresc, es el maestro Jedi de la escuela en las tierras de Veid, en el planeta Wogah le preocupaba enormemente la situación, los Sith estaban atacando con furia. Desde su declaración de guerra, no había pasado ni un mes y consiguieron arrasar la escuela del maestro Mordecai en Alderaan y también con la de maestra Alastia en Bespin. Sólo quedaban tres escuelas de la Orden Jedi. Adaresc apoyó las manos sobre los hombros de su hijo Sylas, sin dejar de pensar en la alarmante situación. Él fue su primer padawan y demostró con creces ser el más avanzado de todos los siguientes.

Padre, tranquilo —respondió Sylas tocando el dorso de la mano de su padre—. Estamos muy bien escondidos, tanto tus caballeros Jedi como los padawans estamos seguros bajo tu tutela.

            Me conmueve la fe que depositas en mí, hijo mío—respondió él suspirando—. Pero las naves de los Sith están desplegándose por toda la Galaxia y pronto debemos actuar antes de que consigan acabar con todos los padawan y gran parte de los Jedi de la nueva Orden.

El emisor holográfico parpadeó, era la llamada que estaba esperando.

Saludos, maestro Adaresc Enut.

            Saludos, maestra Miralba Nader—respondió él haciendo una reverencia—. ¿Cuál es la situación?

            Todavía no tenemos noticias del maestro Moonstriker, hemos perdido toda comunicación con su escuela pero no debemos alarmarnos, las dunas de Boz Pity suelen sufrir fuertes tormentas de arena que cortan las comunicaciones durante días.

            Si no tenemos el amparo de la Nueva República acabarán dándonos caza como a Mordecai y Alastia—señaló con acentuada preocupación—, deberíamos reunir a los padawan y dejarlos protegidos en alguna ciudadela de la República hasta que consigamos normalizar la situación —Adaresc observó la imagen holográfica de la maestra y antigua compañera. Ella también mostraba gran preocupación—. ¿Qué es lo que te aflige? Algo no me estás contando.

            Adaresc, dudo de que la situación mejore, no estamos en condiciones de hacer frente a los Sith hasta que no tengamos el apoyo incondicional de la Alianza y están demasiados preocupados en las escaramuzas que libran contra los Sith como para atender la protección de nuestros aprendices o escuelas. La historia de la Galaxia nos cuenta que han habido otras guerras contra el Imperio y los Sith donde finalmente se ha conseguido mermar sus intenciones pero…  tras investigar concienzudamente, creo no equivocarme al decir que en esta ocasión los Sith están mayormente preparados, sus tropas, sus Lords y sus naves son muchas y muy bien preparadas.

De repente, Adaresc percibió una vibración, una punzada fría, etérea. Miró a su hijo, el cual también lo percibió.

Nader, creo que estamos en peligro, he percibido una perturbación en la fuerza, los Sith están cerca.

Como si su preocupación hubiese llegado hasta oídos de sus aprendices en el piso inferior del refugio, llamó uno de ellos con fervor a la puerta, con urgencia.

Adelante.

            ¡Maestro! ¡Maestro! —exclamó uno de sus aprendices, temblaba y su rostro estaba pálido.

¿Qué es lo que ocurre, Durgan?

            Se acerca una nave, no sé de qué tipo es pero parece de guerra.

            Rápido, reúne a todos tus compañeros, como hemos practicado cientos de veces, debéis esconderos en los pasadizos interiores de Bubanir.

Adaresc, junto con su hijo y Durgan corrieron pasillo abajo, hacia la sala de entrenamiento, donde se encontraban el resto de padawans entrenando con los pocos caballeros jedis que él mismo había entrenado. Eran un puñado de jóvenes, muchos adolescentes, otros no pasaban de los ocho años.

Padre, está cerca —aseguró Sylas.

No está cerca hijo —respondió Adaresc deslizando sus dedos sobre el sable laser— está aquí.

Las puertas se desgajaron hechas girones por los blaster de los soldados que dispararon desde el otro lado. Entraron y se posicionaron, apuntando a los jóvenes aprendices algo conmocionados por la repentina situación. Los jóvenes jedis alcanzaron sus sables, esperando el ataque de los intrusos.

Nada mejor que un agujero profundo y oscuro para un puñado de ratas —se propagó una voz rasgada y profunda por toda la sala. Entró un hombre, de piel negra como el azabache y ojos amarillos cuales el ámbar. Su sonrisa helaba la sangre— Al fin encuentro al Maestro Adaresc Enut y su comuna de pequeños insectos.

Adaresc saltó desde donde estaba, aún lejos de sus aprendices, aún lejos del Lord Sith. Todo pareció pasar a cámara lenta. El Sith desenfundó dos pequeños sables, eran del tamaño justo de su mano, dotados con nudilleras de hierro mandaroliano que protegían los dorso de sus mano. Antes de que Adaresc consiguiese llegar abajo, el Sith partió en dos a uno de sus aprendices más jóvenes. Movidos por la ira, los jedis armados se lanzaros sobre él.

¡No! ¡Deteneos! —exigió Adaresc corriendo, pero sus voces no fueron escuchadas.

Cuanta floritura para tan poca efectividad—dijo el Sith ante las fintas y embates de uno de los Jedi. Evidentemente no eran más que novatos sin experiencia en campo de batalla. Pronto consiguió hundir una de sus hojas laser mientras bloqueaba un ataque descendente de este.

¡Escoria Sith! —gritó otro jedi, atacándole por la espalda.

El Sith no pudo parar con la hoja el ataque pero lo hizo con el protector de su mano, con un rápido movimiento envolvió el arma del padawan y atravesó la garganta de este.

¡Basta! Darth Gárgatus has venido a enfrentarte contra mi—dijo Adaresc poniéndose delante del resto de sus alumnos. Sylas estaba detrás de él, con su bastón laser preparado. Adaresc, miró de reojo a su hijo—. Sylas, llévatelos.

Padre no…

            ¡He dicho que te los lleves!

            Sí, haz caso a tu padre, verás cómo se divierten mis soldados haciendo prácticas de tiro —Gárgatus cruzó miradas con Adaresc, estaban midiendo las distancias—. Solo puedes salvar sus vidas de una manera, matándome, maestro Jedi. Y eso no va a ocurrir hoy.

Gárgatus giró lanzando un ataque con cada espada. Se movía con vertiginosa velocidad. Adaresc consiguió bloquear uno y esquivar otro, contraatacó buscando el costado de este pero el Sith absorbió el golpe con su espada derecha y estocó con la izquierda. Adaresc se agachó, giró y dio una patada en el pecho al enemigo. Gárgatus lanzó ambas espadas desde arriba, obligando a Adaresc a protegerse.

Eres demasiado predecible, Jedi—dijo Gárgatus descargando una patada sobre las costillas de Adaresc para después realizar un golpe ascendente con la espada izquierda. El maestro Jedi esquivó el golpe y realizó un corte horizontal a las piernas del Sith—. Poco original, nada efectivo—saltó por encima de Adaresc, ganó su espalda y consiguió herir el hombro izquierdo de él, pero el Jedi, realizando un giro rápido de su arma también le hirió a él en la pierna—. Maldito…

Adaresc salió despedido por los aires, Gárgatus estaba haciendo uso de la Fuerza para alejarlo. Adaresc confrontó su poder al de él, liberándose de la presa  que lo empujaba pero éste descargó una ráfaga eléctrica que pronto lo dejó hecho un ovillo en el suelo.

¡Señor! ¡A su espalda!

Gárgatus atendió al soldado. El hijo de Adaresc lanzó un rápido golpe horizontal con uno de los filos de su bastón laser.

¡Sylas detente! —exclamó Adaresc casi sin voz, convulsionándose en el suelo.

Gárgatus sonrió, atacó repetidamente con sus dos espadas al muchacho y este le seguía el ritmo, pero iba perdiendo terreno.

Percibo el miedo y la ira en ti, vamos úsalos—dijo este estocando con ambas armas, Sylas saltó cortando en diagonal, obligando a Gárgatus a agacharse—. Luchas bien para ser un Jedi, pero no lo suficiente como para evitar la muerte de tu padre, mocoso —Con un movimiento de cabeza rápido hizo uso de la Fuerza lanzando al muchacho sobre los otros padawans. Gárgatus se dirigió de nuevo hacia el maestro Jedi, quien intentaba ponerse en pie con penosos resultados— es el momento de morir, discípulo de la antigua casta Skywalker.

            ¡Noooooo!

Una oleada eléctrica sacudió la espalda de Gárgatus haciéndole caer de bruces. Se levantó rápidamente, con los músculos temblorosos y el orgullo dañado. Miró fijamente al muchacho. El hijo del maestro Jedi, estaba agotado y furioso. Fue él quien le atacó utilizando el lado oscuro de la Fuerza en un atento por detenerlo. Sintió su miedo y la sed de sangre en él.

Debería matarte por tal osadía pero vamos a hacer una cosa, jovencito. Hay un poder latente en ti y yo estoy dispuesto a hacerlo brillar.

Adaresc atacó de nuevo a Gárgatus, este esquivó los tres primeros golpes, el cuarto lo bloqueó con el protector de su mano izquierda y atravesó el costado del maestro Jedi con el sable derecho. La luz purpurea de su espada chisporroteaba, quemando la carne, entrando lentamente en el cuerpo del Jedi.

En tus manos está la vida de tu padre y de los patéticos críos que están a tu espalda, mataré jóvenes Jedis como padawans por igual —dijo Gárgatus girándose hacia Sylas quien estaba de rodillas en el suelo todavía recuperándose.

Señor, las órdenes son…

            Las órdenes aquí las doy yo —respondió furioso al soldado.

Jamás me uniré a los Sith.

Sylas giró su bastón, atacó a Gárgatus. Estaba afectado por la descarga pero no fue lo suficientemente potente  y gracias a ello podía moverse con presteza. Golpeó al muchacho con el codo para apartarlo y este descargó un golpe a su cabeza, Gárgatus cruzó sus espadas para bloquear y el muchacho, manteniendo el extremo de su hoja en contacto con las del Sith,  Sylas activó un mecanismo que separó su bastón, convirtiéndolo en dos sables. Rápidamente estocó al corazón. Gárgatus consiguió esquivarlo pero aun así el láser azulado  del muchacho rozó su pecho, generándole una generosa quemadura. El hijo de Adaresc tenía chispa, la Fuerza era latente y poderosa en él. Lo levantó del suelo usando la Fuerza, comprimiéndole el pecho, dificultándole la entrada de aire y ocasionándole dolor y sofoco.

            Si te vienes conmigo les das la oportunidad de huir, si luchas te mataré y luego acabaré con tu padre y sus pupilos.

Gárgatus liberó al muchacho, al caer de rodillas  Sylas se llevó las manos al pecho y clavó sus ojos azules en los amarillos de él. Luego observó a los infantes. Sus compañeros, negaban con la cabeza mientras que los niños sencillamente estaban aterrados con todo lo que estaba ocurriendo.

De acuerdo, prométeme que nos alejaremos de aquí y que ninguno sufrirá ningún daño.

            ¡No Sylas!

            Padre —empezó a decir él con lágrimas en los ojos, extendiendo su mano deteniendo las réplicas de su padre—, maestro, hace tiempo se me enseñó que un Jedi se sacrifica por un bien mayor, por proteger a los inocentes sin importarle si pierde la vida en ello, pues su vida está forjada para defender la paz y la justicia.

            Vaya qué emotivo ¡Vámonos antes de que me arrepienta! —exclamó Gárganus.

Primero retira a tus hombres y espérame fuera—replicó Sylas apretando los dientes—, quiero despedirme de mi padre y mis compañeros.

            Vas a conseguir que me emocione —respondió el Sith con sorna—. Tienes cinco minutos. Si no has salido en ese tiempo reduciré el refugio a cenizas.

Sylas ayudó a incorporarse a su padre mientras el Sith abandonaba la sala. Pronto todos los jóvenes aprendices los rodearon, alborotados, nerviosos y escandalizados.

¡Callaos! —exclamó Sylas— Ahora vuestra prioridad es cuidar del maestro y escapar de este planeta lo antes posible. Yo me iré con el Lord Sith y cuando tenga la más mínima oportunidad intentaré matarlo, si no lo consigo al menos moriré sabiendo que logré daros más tiempo.

            Hijo mío, no lo hagas—Adaresc cogió con ambas manos la cara de su hijo—. Usará el atractivo del lado oscuro para procurar seducirte, corromperte y finalmente hacerte como él.

            Padre, siempre te llevaré en mi corazón. Tus enseñanzas y valores. No hay nada que pueda mostrarme para que me haga olvidar eso. Todo lo que intente enseñarme, lo volveré en su contra —Sylas abrazó a su padre efusivamente, conteniendo las lágrimas—Ahora debo partir, padre. Tengo miedo, pero sé que con mi sacrificio, todos vosotros podréis vivir.

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO

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La pluma de los sueños


Rodrigo Quesada es un Caminante de Sueños, una persona instruida para poder navegar entre los sueños y crear nuevos y diversos. Su hija ha sido raptada, extraida de su propio sueño y él no sabe porqué, pero pronto descubrirá que ciertas personas quieren utilizarlo para usar una habilidad muy singular y propia.

La pluma de los sueños es una aventura dentro del mundo onírico, un mundo fantástico y creado por mí donde las influencias de Neil Gayman y la película Origen me inspiraron para darle las últimas pinceladas a esta historia que considero tan intrigada, enigmática y bella como curiosa.  Amantes de la novela de fantasía esta obra os encantará.

Y POR FIN TENÉIS A VUESTRA DISPOSICIÓN EL PREVIEW DE LA PLUMA DE LOS SUEÑOS:

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Crónicas de Goriem: Caminos de Incertidumbre I

En breve tendreis a vuestra disposición la segunda entrega de Crónicas de Goriem, donde Uther Goriem, después llamado Goriem Ransteim, se encontrará solo ante la adversidad, sufriendo percances en su camino que le llevará a incertidumbres nunca antes planteadas. En esta entrega los lectores podrán disfrutar de una historia situada en el mítico Egipto, donde Shanay deberá usar de sus habilidades y artes para sobrevivir, conociendo nuevos seres humanos capaces de usar la magia.  Vampíros y nuevos seres sobrenaturales serán enemigos y desafíos nuevos en la historia de Uther.

Una entrega llena de tensión, y seres sobrenaturales que, si eres conocedor de las desventuras de Uther, no puedes perderte la continuación de su propia historia. Toda una aventura de literatura de fantasía donde, como en la anterior entrega, la sangre, espadas, luchas y los vampiros, adquieren un acentuado protagonismo.

Y AQUI TENEIS EL PREVIEW DE C.G.: CAMINOS DE INCERTIDUMBRE I, clickead en la imagen:

portada-CG_CI-provisionalTAMBIEN EN GOOGLE+

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