Motel Colina Silenciosa

Era el 31 de octubre del año 2008. Samuel Gutiérrez recorría la monótona carretera nacional con dirección a Oviedo. La madrugada cayó, junto con la niebla y la temperatura. Samuel llevaba al volante ocho horas seguidas. Ansiaba llegar a su destino para acabar las negociaciones sobre un solar, pero su cuerpo clamaba por un merecido descanso. Como si el destino hubiese escuchado la necesidad, en su camino encontró un letrero que señalaba la proximidad de un motel. Se desvió de la carretera, cauto y temeroso, pues la niebla se había vuelto densa y blanca cual sábana de algodón. Tras recorrer medio kilometro de desvío, discernió entre la bruma las tenues y lejanas luces de un edificio pequeño. El motel estaba cercado por una valla negra. En la entrada se erigía un cartel: “Bienvenido al Motel Colina Silenciosa”. Samuel dejó su coche en el aparcamiento para clientes. Cerró el vehículo sintiendo un escalofrío, la temperatura allí era más baja incluso que en la carretera. “Es lo que tiene la cercanía del bosque” pensó Samuel poniéndose la chaqueta. La noche callaba. Sólo sus pasos resonaban entre las contorsionantes masas de niebla y las crepitantes hojas secas que pisaba por el camino. Una mujer de avanzada edad, de expresión desagradable y comportamiento arisco se encontraba frente a la puerta de entrada.

—Son cuarenta y cinco euros —dijo la anciana con aspereza, agitando y mostrando la llave a Samuel. La chapa que colgaba de la llave lucía el número trece.

 Samuel pagó a la mujer y cogió la llave, indignado por los modales de la regente del lugar. Se dirigió a su lugar de descanso musitando improperios varios pero, una vez llegó a la habitación, el cansancio del viaje le hizo restar importancia a todo lo demás. Se echó sobre la cama sin mayor sutileza que descalzarse. El agotamiento lo sumió en un pesado sueño. El reloj marcaba las tres de la mañana cuando Samuel se despertó gradualmente. Un sonido rítmico y ciertamente agudo fue la causa. La habitación estaba sumida en la más completa oscuridad. Samuel sintió el corazón desbocado. La madera del pasillo crujía, parecían pasos lentos y pesados. A cada quejido de la vieja madera, algo era arrastrado y un ahogado lamento lo acompañaba. Los inquietos sonidos eran cada vez más cercanos a su puerta. Samuel sabía que era la única salida y el pasillo que llevaba a la puerta principal era angosto. El pavor abrazó su cuerpo con tal intensidad que se tensó cual estatua. Una respiración profunda, ronca y fuerte se acercaba. Un paso, dos, el arrastre y un lamento más. Otra vez, con la misma cadencia, más cercano a su puerta. Todo quedó en silencio. Un  fuerte y contundente golpe se escuchó a no más de un metro de la entrada a su habitación. Samuel se enderezó sobre la cama, sobresaltado, jadeante y sudoroso. Un pequeño murmullo, como de algo escarbando en tejido blando y húmedo precedió al golpe. De nuevo el silencio. Su respiración entrecortada era lo único que se escuchaba en la tremendamente oscura habitación. Sentía que tras la puerta se encontraba alguien, casi podía oír su respiración, profunda y grave. Temía encender la luz. Escuchó crujir la madera. Las manos y las piernas le temblaban. Un extraño olor le alertó mayormente. Con cuidado, procurando no hacer ruido, introdujo su mano en el bolsillo derecho del pantalón, sacó las llaves de su coche e hizo uso de la pequeña linterna que llevaba en el llavero para observar con horror que, por el travesaño inferior de la puerta, se deslizaba lenta y densamente un creciente charco de sangre. “Oh, dios mío” musitó aterrado y, en respuesta, una maza de demoliciones perforó la puerta, saltando astillas y agrietando la delgada madera.  Samuel sucumbió ante la histeria y gritando aterrado abrió la ventana de la habitación. Apenas atendió el atenazante frío y no quiso reparar en el vértigo a la caída, cuya distancia era confusa, oculta entre la bruma y la penumbra. Al segundo golpe la puerta se abrió desgarradoramente, astillas de madera volaron por toda la habitación. Saltó gritando, alcanzó el húmedo y blando suelo, pero la poca capacidad de visión le impidió calcular bien la caída y se torció el tobillo derecho al tomar tierra. Corrió descalzo por su vida, cojeando. La noche y la niebla lo envolvieron, siguió corriendo desesperado y temeroso, mientras susurros de lamentos y gritos de dolor se alzaron a su paso. Aquel lugar era irreconocible. Por la situación de la habitación y lo que consiguió avanzar, debía encontrarse en el aparcamiento del motel, pero su coche no estaba allí.

¿CÓMO ACABARÁ LA DESDICHA DE SAMUEL?

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Protocolo Final

El corazón le golpeaba el pecho tan fuerte, con un ritmo tan frenético que le dolía. Sudores fríos recorrían su frente y reflejaban las luces naranjas y rojas de las sirenas de alerta. No podía flaquear, ya faltaba poco para llegar al control principal. Iniciar el protocolo final no era una mera cuestión de urgencia, sino un deber para con sus compañeros. Sus sacrificios, sus muertes no serían en vano. Urselis estaba aterrado. La congoja aferraba sus piernas y las sacudía como si fuesen pequeñas varas de mimbre. Tenía que llegar hasta el frente y poner las claves, no importaba cómo.

Capítulo I
Cuadrante Zero
Cuatro días antes

Año 3955, nave Second Earth 25

Urselis ultimaba los preparativos para movilizar al ERS (Equipo de Reconocimiento de Subsistencia). Habían pasado dos meses desde la última vez que visitaron el planeta Cuadrante Zero. Transcurrido aquel periodo de tiempo, era el momento de volver a inspeccionar tanto la evolución de las plantas sintéticas como los sensores geológicos colocados en la primera expedición.
—Muy bien chicos, ya sabéis como funciona esto —dijo Urselis introduciendo los recipientes de muestras en la nave de colonización y estudio. Los miembros de su equipo daban vueltas de un lado a otro, como siempre algo desordenados—. No tenemos todo el día y menos en Cuadrante Zero, que la rotación de este planeta es más rápida que la de la Tierra.
—Doctor Breek —solicitó Ánia, la bióloga interplanetaria y ministra de colonizaciones. Llegó hasta Urselis con porte serio, casi estirado.
—Si, doctora —respondió Urselis controlando sus gestos, disimulando el tedio que le suponía parlamentar con aquella política irritante.
—He repasado los archivos e informes —empezó a advertirle abriendo una pda digital y mostrando en formato 3D los documentos generales—, la partida de reconocimiento no cuenta con la unidad androide de protección y estudio que está estipulado según las leyes de colonización. Ni consta aquí —dijo señalando la cláusula de equipo y herramientas—, ni en el apartado de otros y anotaciones varias al final del informe.
—No sé cuantas veces se lo tengo que repetir, doctora —replicó él deslizando las palabras con pesadez, encogiendo los hombros y mirando al techo con exasperación—. Llevamos más de un siglo con el proyecto Nueva Tierra, y son muchos los cambios y los protocolos y leyes y…
—No tengo tiempo para sus excusas ni réplicas —le interrumpió Ánia tajantemente haciendo efusivos ademanes con la mano izquierda—, doctor. Si no arman y preparan el androide, su partida de reconocimiento no tomará tierra hoy en Cuadrante Zero. Ni hoy ni ningún otro día hasta que no cumpla riguro…
—Está bien, está bien —Urselis alzó las manos, evitando la perorata de la mujer, se giró hacia uno de sus hombres—. Norman, preparará una unidad Cibergcom, pese a que no es necesario pues no vamos a colonizar —afirmó con acentuado ritintín—, y los Cibergcom se usan sólo en la colonización, pero vamos a llevarlo —miró directamente a los ojos de la ministra, suspiró y le apuntó con el dedo índice— ¿Sabe perfectamente que la operación de colonización no se dará hasta que mi equipo confirme que el planeta es viable para nuestra especie?
—Por supuesto que lo sé, sería una incompetente si no tuviese los conocimientos adecuados para tener mi cargo.
—Es entonces cuando se precisa presencia seudomilitar, drones y ciborgs de defensa y combate, para que lo entienda —continuó con un tono burlón—, que no son necesarios hasta que mi firma esté en los informes virtuales asegurando toda forma de vida sobre la Tierra puede desarrollarse en el planeta. No antes. Por lo tanto…
—Por lo tanto cuando eso ocurra si en su informe de partida no constan unidades de combate, la operación de colonización no se realizará, del mismo modo que no se realizará esta partida de reconocimiento hasta que no vea el androide irse con su equipo, doctor. Las leyes de navegación, de toma de contacto y colonización están para cumplirse y yo, estoy aquí para asegurarme de que es así. Estamos en una nave nodriza CubicTown, señor Breek. Si los 185.000 habitantes de esta hiciesen lo que les viniera en gana siguiendo… ¿como suele decir usted? —preguntó retóricamente Ánia, torciendo el gesto, devolviéndole la burla a Urselis— ah, sí, “el instinto y racionamiento”, esto no sería una nave nodriza, sino una ciudad flotante basada en la anarquía y el caos, doctor — Ánia miró el reloj, estaba perdiendo demasiado tiempo con aquella discusión—. Envíeme por señal Wifi el formulario con el número de registro y los parámetros del ciborg. Tiene media hora para hacerlo, de lo contrario no tendrá luz verde para bajar hoy. Buenos días.
Urselis se mordió la lengua, miró desafiante a Ánia mientras la mujer se alejaba a paso firme.
—¿Ahora qué es lo que nos falta?
Urselis se giró al reconocer la voz aterciopelada de Lena, su mujer y segunda al mando del equipo de reconocimiento.
—“ Envíeme por señal Wifi el formulario con el número de registro y los parámetros del ciborg lablá, blá, lablá, blá—respondió Urselis remedando a la ministra, provocando una carcajada aguda en su compañera.
—Urselis —Lena rodeó el cuello de marido con ambos brazos y lo besó tiernamente—. No le caes bien y ella firma todas las partidas de reconocimiento. No nos conviene que nos sancionen otra vez. Cuando esa mujer detiene una partida, la nave invierte una cantidad de energía y recursos que al gobierno le cuesta millones para nada, y no la van a culpar a ella por dicha pérdida.
—Pero es que… ¿Para qué queremos una unidad militar? Es la segunda toma de contacto, el área estaba asegurada en la primera vez… en fin, por favor dile a Norman que se de prisa, que hable con el Sargento Racknar que nos pondrá más facilidades para llevarnos cuanto antes un Cybercom, por favor.
—Ahora mismo, cielo —respondió Lena besando los labios de su amado.
Urselis suspiró algo más tranquilo. Su compañera y pareja le conocía lo suficiente como para saber tomarse aquellos enfrentamientos con mayor filosofía que él. Era muy posible que a causa de los problemas que Ánia les estaba poniendo, la partida se retrasara una hora y por su culpa no consiguieran acabar de recopilar todos los datos del área cuatro del planeta antes de que anocheciera y eso no le gustaba. Estar en un planeta desconocido, en proceso de reconocimiento cuando la estrella que lo ilumina se escondía era algo que le ponía muy nervioso después de lo ocurrido cuatro años atrás en Galaxia Nueve. El planeta Púrpura demostró tener una actividad nocturna mortalmente hostil que acabó con la vida de veinticinco hombres de su equipo. Nunca más volvería a permitir una tragedia como la sufrida allí. Una tragedia que en parte fue culpa de las órdenes y protocolos políticos que con tanto tesón defendía Ánia. Urselis agitó la cabeza, desvaneciendo las cavilaciones funestas que le estaban robando el tiempo y la concentración. Su deber era preparar al equipo para la partida, no pensar en los fantasmas del pasado.

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Los Inescrutables Caminos de la Fuerza (Star Wars Tale)

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CAPITULO I

EL SACRIFICIO

 

Año 428 DBY. Tras años de dificultades y casi acabar extinguida, la Orden Jedi decretó dividirse en cinco escuelas ocultas y repartidas por toda la Galaxia, dificultando así ser localizados por sus enemigos. Han pasado diez años desde que se tomó tal decisión y el crecimiento de la Orden ha sido fructífero, pero una nueva amenaza se ha despertado. Los Sith, en su infinita codicia han desencadenado otra guerra contra La III República. La facción ha desplegado sus fuerzas en dos contiendas; tomar posiciones estratégicas por toda la galaxia y localizar y exterminar a los Jedis.  A Adaresc, es el maestro Jedi de la escuela en las tierras de Veid, en el planeta Wogah le preocupaba enormemente la situación, los Sith estaban atacando con furia. Desde su declaración de guerra, no había pasado ni un mes y consiguieron arrasar la escuela del maestro Mordecai en Alderaan y también con la de maestra Alastia en Bespin. Sólo quedaban tres escuelas de la Orden Jedi. Adaresc apoyó las manos sobre los hombros de su hijo Sylas, sin dejar de pensar en la alarmante situación. Él fue su primer padawan y demostró con creces ser el más avanzado de todos los siguientes.

Padre, tranquilo —respondió Sylas tocando el dorso de la mano de su padre—. Estamos muy bien escondidos, tanto tus caballeros Jedi como los padawans estamos seguros bajo tu tutela.

            Me conmueve la fe que depositas en mí, hijo mío—respondió él suspirando—. Pero las naves de los Sith están desplegándose por toda la Galaxia y pronto debemos actuar antes de que consigan acabar con todos los padawan y gran parte de los Jedi de la nueva Orden.

El emisor holográfico parpadeó, era la llamada que estaba esperando.

Saludos, maestro Adaresc Enut.

            Saludos, maestra Miralba Nader—respondió él haciendo una reverencia—. ¿Cuál es la situación?

            Todavía no tenemos noticias del maestro Moonstriker, hemos perdido toda comunicación con su escuela pero no debemos alarmarnos, las dunas de Boz Pity suelen sufrir fuertes tormentas de arena que cortan las comunicaciones durante días.

            Si no tenemos el amparo de la Nueva República acabarán dándonos caza como a Mordecai y Alastia—señaló con acentuada preocupación—, deberíamos reunir a los padawan y dejarlos protegidos en alguna ciudadela de la República hasta que consigamos normalizar la situación —Adaresc observó la imagen holográfica de la maestra y antigua compañera. Ella también mostraba gran preocupación—. ¿Qué es lo que te aflige? Algo no me estás contando.

            Adaresc, dudo de que la situación mejore, no estamos en condiciones de hacer frente a los Sith hasta que no tengamos el apoyo incondicional de la Alianza y están demasiados preocupados en las escaramuzas que libran contra los Sith como para atender la protección de nuestros aprendices o escuelas. La historia de la Galaxia nos cuenta que han habido otras guerras contra el Imperio y los Sith donde finalmente se ha conseguido mermar sus intenciones pero…  tras investigar concienzudamente, creo no equivocarme al decir que en esta ocasión los Sith están mayormente preparados, sus tropas, sus Lords y sus naves son muchas y muy bien preparadas.

De repente, Adaresc percibió una vibración, una punzada fría, etérea. Miró a su hijo, el cual también lo percibió.

Nader, creo que estamos en peligro, he percibido una perturbación en la fuerza, los Sith están cerca.

Como si su preocupación hubiese llegado hasta oídos de sus aprendices en el piso inferior del refugio, llamó uno de ellos con fervor a la puerta, con urgencia.

Adelante.

            ¡Maestro! ¡Maestro! —exclamó uno de sus aprendices, temblaba y su rostro estaba pálido.

¿Qué es lo que ocurre, Durgan?

            Se acerca una nave, no sé de qué tipo es pero parece de guerra.

            Rápido, reúne a todos tus compañeros, como hemos practicado cientos de veces, debéis esconderos en los pasadizos interiores de Bubanir.

Adaresc, junto con su hijo y Durgan corrieron pasillo abajo, hacia la sala de entrenamiento, donde se encontraban el resto de padawans entrenando con los pocos caballeros jedis que él mismo había entrenado. Eran un puñado de jóvenes, muchos adolescentes, otros no pasaban de los ocho años.

Padre, está cerca —aseguró Sylas.

No está cerca hijo —respondió Adaresc deslizando sus dedos sobre el sable laser— está aquí.

Las puertas se desgajaron hechas girones por los blaster de los soldados que dispararon desde el otro lado. Entraron y se posicionaron, apuntando a los jóvenes aprendices algo conmocionados por la repentina situación. Los jóvenes jedis alcanzaron sus sables, esperando el ataque de los intrusos.

Nada mejor que un agujero profundo y oscuro para un puñado de ratas —se propagó una voz rasgada y profunda por toda la sala. Entró un hombre, de piel negra como el azabache y ojos amarillos cuales el ámbar. Su sonrisa helaba la sangre— Al fin encuentro al Maestro Adaresc Enut y su comuna de pequeños insectos.

Adaresc saltó desde donde estaba, aún lejos de sus aprendices, aún lejos del Lord Sith. Todo pareció pasar a cámara lenta. El Sith desenfundó dos pequeños sables, eran del tamaño justo de su mano, dotados con nudilleras de hierro mandaroliano que protegían los dorso de sus mano. Antes de que Adaresc consiguiese llegar abajo, el Sith partió en dos a uno de sus aprendices más jóvenes. Movidos por la ira, los jedis armados se lanzaros sobre él.

¡No! ¡Deteneos! —exigió Adaresc corriendo, pero sus voces no fueron escuchadas.

Cuanta floritura para tan poca efectividad—dijo el Sith ante las fintas y embates de uno de los Jedi. Evidentemente no eran más que novatos sin experiencia en campo de batalla. Pronto consiguió hundir una de sus hojas laser mientras bloqueaba un ataque descendente de este.

¡Escoria Sith! —gritó otro jedi, atacándole por la espalda.

El Sith no pudo parar con la hoja el ataque pero lo hizo con el protector de su mano, con un rápido movimiento envolvió el arma del padawan y atravesó la garganta de este.

¡Basta! Darth Gárgatus has venido a enfrentarte contra mi—dijo Adaresc poniéndose delante del resto de sus alumnos. Sylas estaba detrás de él, con su bastón laser preparado. Adaresc, miró de reojo a su hijo—. Sylas, llévatelos.

Padre no…

            ¡He dicho que te los lleves!

            Sí, haz caso a tu padre, verás cómo se divierten mis soldados haciendo prácticas de tiro —Gárgatus cruzó miradas con Adaresc, estaban midiendo las distancias—. Solo puedes salvar sus vidas de una manera, matándome, maestro Jedi. Y eso no va a ocurrir hoy.

Gárgatus giró lanzando un ataque con cada espada. Se movía con vertiginosa velocidad. Adaresc consiguió bloquear uno y esquivar otro, contraatacó buscando el costado de este pero el Sith absorbió el golpe con su espada derecha y estocó con la izquierda. Adaresc se agachó, giró y dio una patada en el pecho al enemigo. Gárgatus lanzó ambas espadas desde arriba, obligando a Adaresc a protegerse.

Eres demasiado predecible, Jedi—dijo Gárgatus descargando una patada sobre las costillas de Adaresc para después realizar un golpe ascendente con la espada izquierda. El maestro Jedi esquivó el golpe y realizó un corte horizontal a las piernas del Sith—. Poco original, nada efectivo—saltó por encima de Adaresc, ganó su espalda y consiguió herir el hombro izquierdo de él, pero el Jedi, realizando un giro rápido de su arma también le hirió a él en la pierna—. Maldito…

Adaresc salió despedido por los aires, Gárgatus estaba haciendo uso de la Fuerza para alejarlo. Adaresc confrontó su poder al de él, liberándose de la presa  que lo empujaba pero éste descargó una ráfaga eléctrica que pronto lo dejó hecho un ovillo en el suelo.

¡Señor! ¡A su espalda!

Gárgatus atendió al soldado. El hijo de Adaresc lanzó un rápido golpe horizontal con uno de los filos de su bastón laser.

¡Sylas detente! —exclamó Adaresc casi sin voz, convulsionándose en el suelo.

Gárgatus sonrió, atacó repetidamente con sus dos espadas al muchacho y este le seguía el ritmo, pero iba perdiendo terreno.

Percibo el miedo y la ira en ti, vamos úsalos—dijo este estocando con ambas armas, Sylas saltó cortando en diagonal, obligando a Gárgatus a agacharse—. Luchas bien para ser un Jedi, pero no lo suficiente como para evitar la muerte de tu padre, mocoso —Con un movimiento de cabeza rápido hizo uso de la Fuerza lanzando al muchacho sobre los otros padawans. Gárgatus se dirigió de nuevo hacia el maestro Jedi, quien intentaba ponerse en pie con penosos resultados— es el momento de morir, discípulo de la antigua casta Skywalker.

            ¡Noooooo!

Una oleada eléctrica sacudió la espalda de Gárgatus haciéndole caer de bruces. Se levantó rápidamente, con los músculos temblorosos y el orgullo dañado. Miró fijamente al muchacho. El hijo del maestro Jedi, estaba agotado y furioso. Fue él quien le atacó utilizando el lado oscuro de la Fuerza en un atento por detenerlo. Sintió su miedo y la sed de sangre en él.

Debería matarte por tal osadía pero vamos a hacer una cosa, jovencito. Hay un poder latente en ti y yo estoy dispuesto a hacerlo brillar.

Adaresc atacó de nuevo a Gárgatus, este esquivó los tres primeros golpes, el cuarto lo bloqueó con el protector de su mano izquierda y atravesó el costado del maestro Jedi con el sable derecho. La luz purpurea de su espada chisporroteaba, quemando la carne, entrando lentamente en el cuerpo del Jedi.

En tus manos está la vida de tu padre y de los patéticos críos que están a tu espalda, mataré jóvenes Jedis como padawans por igual —dijo Gárgatus girándose hacia Sylas quien estaba de rodillas en el suelo todavía recuperándose.

Señor, las órdenes son…

            Las órdenes aquí las doy yo —respondió furioso al soldado.

Jamás me uniré a los Sith.

Sylas giró su bastón, atacó a Gárgatus. Estaba afectado por la descarga pero no fue lo suficientemente potente  y gracias a ello podía moverse con presteza. Golpeó al muchacho con el codo para apartarlo y este descargó un golpe a su cabeza, Gárgatus cruzó sus espadas para bloquear y el muchacho, manteniendo el extremo de su hoja en contacto con las del Sith,  Sylas activó un mecanismo que separó su bastón, convirtiéndolo en dos sables. Rápidamente estocó al corazón. Gárgatus consiguió esquivarlo pero aun así el láser azulado  del muchacho rozó su pecho, generándole una generosa quemadura. El hijo de Adaresc tenía chispa, la Fuerza era latente y poderosa en él. Lo levantó del suelo usando la Fuerza, comprimiéndole el pecho, dificultándole la entrada de aire y ocasionándole dolor y sofoco.

            Si te vienes conmigo les das la oportunidad de huir, si luchas te mataré y luego acabaré con tu padre y sus pupilos.

Gárgatus liberó al muchacho, al caer de rodillas  Sylas se llevó las manos al pecho y clavó sus ojos azules en los amarillos de él. Luego observó a los infantes. Sus compañeros, negaban con la cabeza mientras que los niños sencillamente estaban aterrados con todo lo que estaba ocurriendo.

De acuerdo, prométeme que nos alejaremos de aquí y que ninguno sufrirá ningún daño.

            ¡No Sylas!

            Padre —empezó a decir él con lágrimas en los ojos, extendiendo su mano deteniendo las réplicas de su padre—, maestro, hace tiempo se me enseñó que un Jedi se sacrifica por un bien mayor, por proteger a los inocentes sin importarle si pierde la vida en ello, pues su vida está forjada para defender la paz y la justicia.

            Vaya qué emotivo ¡Vámonos antes de que me arrepienta! —exclamó Gárganus.

Primero retira a tus hombres y espérame fuera—replicó Sylas apretando los dientes—, quiero despedirme de mi padre y mis compañeros.

            Vas a conseguir que me emocione —respondió el Sith con sorna—. Tienes cinco minutos. Si no has salido en ese tiempo reduciré el refugio a cenizas.

Sylas ayudó a incorporarse a su padre mientras el Sith abandonaba la sala. Pronto todos los jóvenes aprendices los rodearon, alborotados, nerviosos y escandalizados.

¡Callaos! —exclamó Sylas— Ahora vuestra prioridad es cuidar del maestro y escapar de este planeta lo antes posible. Yo me iré con el Lord Sith y cuando tenga la más mínima oportunidad intentaré matarlo, si no lo consigo al menos moriré sabiendo que logré daros más tiempo.

            Hijo mío, no lo hagas—Adaresc cogió con ambas manos la cara de su hijo—. Usará el atractivo del lado oscuro para procurar seducirte, corromperte y finalmente hacerte como él.

            Padre, siempre te llevaré en mi corazón. Tus enseñanzas y valores. No hay nada que pueda mostrarme para que me haga olvidar eso. Todo lo que intente enseñarme, lo volveré en su contra —Sylas abrazó a su padre efusivamente, conteniendo las lágrimas—Ahora debo partir, padre. Tengo miedo, pero sé que con mi sacrificio, todos vosotros podréis vivir.

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO

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Pandemia A.V.

Un error de seguridad en las instalaciones clandestinas del área 51 permite a uno de los científicos robar una cepa vírica mortal. Rápidamente se extiende una pandemia mundial. Los gobiernos lanzan cortinas de humo utilizando los medios de comunicación para engañar a la población mientras la propagación del virus parece imparable.

Una novela corta de 114 páginas, novela de fantasía, zombies y suspense, de vocabulario sencillo, historia intrigante, llena de matices de conspiraciones y cruenta realidad, donde la propia pandemia en si queda en un plano secundario.

Esta es mi segunda obra.

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Un saludo y espero que la disfrutéis.

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